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La Coctelera

MALUPE

25 Enero 2006

Viceversa

La señorita de la calle Glouster se arregla el pelo rubio, lacio. Está lista para salir. El señor de la calle Talbot se anuda la corbata negra, nueva. Las llaves de su viejo Rover saltan entre sus manos. Está listo para entrar.

La señorita de la calle Glouster ve su reloj: cinco de la tarde, hora del té, hora de trabajar. Al señor de la calle Talbot le salta el picaporte del bar. Necesita su infusión de frutos del bosque. En el espejo del baño, la señorita de la calle Glouster mira resignada su impoluto uniforme. Debe apurar.

Sonríe. "Hola, sígame a su mesa". Da la carta. Espera. Sonríe. Espera. "¿Muy caliente?". Apunta. Rápido, camina. Entrega nota. Espera. Vuelve. Quita el sombrero. Espera. "Su té". Movimientos rápidos. "De nada". Sonríe. Otro cliente. Demasiadas horas. Frustrante inicio de semana, de mes, de año...

El señor de la calle Talbot disfruta su infusión. No reparó en la bella camarera hasta que tuvo que retirar su sombrero. "Impecable", pensó. Su triste mirada se perdió en el reflejo que de si le regalaba el espejo estratégicamente colocado sobre la blanca barra de mármol.

Desde siempre, ella quiso que cuando la gente se refiriera a su persona le dijeran "señor". Él siempre quiso firmar como "señora". Ahora, cuando en este mundo (casi) se puede hacer de todo, los dos admitieron que desde hace muchos años querían cambiar. El largo camino de la decisión final estuvo lleno de temores, desconciertos y aspiraciones. El señor de la calle Talbot asumió su escondida identidad en una tarde lluviosa, típica, mientras se sumergía en su bañera salpicada de sales. La señorita de la calle Glouster hizo lo propio cuando advirtió que su vida se encontraba en peligro de permanecer recluida entre los barrotes de la depresión. Él sería ella y ella sería él. Consiguieron lo que tanto anhelaban. Claro, en los primeros momentos tuvieron que adecuarse a realizar actos propios de él (ella) o de ella (él). Su instinto, todo aquello que mantuvieron oculto durante tanto tiempo, escondido de las miradas de conocidos o desconocidos, les ayudó a solventar cualquier reto. La costumbre se instaló en sus cuerpos.

Años después, en una de esas tardes típicas de Keinsgtour Street, el ahora señor de la calle Talbot (antes ella) y la señorita de la calle Glouster (antes él), entraron con minutos de diferencia al viejo bar de la Blouck Corner. El estratégico espejo colocado encima de la barra blanca de mármol les ayudó a jugar con sus miradas al compás de un viejo blues. Media hora más tarde buscaron la intimidad de la mesita de la esquina, junto al gran ventanal que permitía escudriñar a los peatones de la Auburn Street. Algunos curiosos repararon en las carcajadas. Unos dicen que primero hubo un beso chiquito, de "piquito", de no más de dos segundos, seguido de más risas. Otros afirman que fue largo, apasionado, con roce de lengua. Los aventurados no dudaron en calificarlo de "extremadamente cachondo", con saliva. Lo cierto es que a partir de ese momento, ambos se descubrieron y desde entonces permanecen juntos, soñando despiertos.

45º

servido por Malupe 2 comentarios compártelo

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Natali

Natali dijo

Me ha encantado el cuento. La verdad es que está muy bueno.

26 Enero 2006 | 12:43 PM

Lara

Lara dijo

El encuentro es inevitable... la oposición (o similitud) de géneros es la excusa para encontrarnos, que curiosamente deciden ser cambiados simultáneamente para favorecer el encuentro.
El encuentro nos espera risueño y relajado a la vuelta de la esquina, burlándose de nuestra soledad finita, y con una seguridad espeluznante...

1 Marzo 2006 | 01:24 AM

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Madrid, España
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Somos tres paradójicos. Tres desde hace seis y meses. Tres en una ciudad ajena pero ya nuestra. La uni fue el pretexto para mirarnos a los ojos y desde entonces decidimos sumarnos. Lógico, juntos nos llenamos de decepciones, música, alegrías, textos, llantos, pelis, risas, borracheras, libros (nueve, múltiplo de tres!) Ahora lo queremos compartir todo y nada. Prometemos esconder mucho y enseñar poco. Lo sentimos, así somos de contradictorios. Nuestro nombre, por supuesto, también se compone por una tríada: Ma-Lu-Pe. ¡Ah! les juramos que estamos mejor que la imagen...



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