Del comienzo al final
Era la primera vez que veía un muerto. Todos los anteriores fueron de mentiras gracias al cine y la televisión. Mi segunda reacción fue tocarlo porque la primera, lógica, fue de asombro. Apuesto todas mis canicas a que el Cheneque abrió los ojos del tamaño de los ostiones, igualito que yo. El "muertito", como inmediatamente le bautizó la gente que se arremolinaba a su alrededor, estaba tendido sobre el piso de barro sólido, junto al estero. En tres segundos lo vi de pies a cabeza: era un hombre joven, moreno intenso, con el pelo güero quemado por el sol. "De seguro es pescador", acerté. Sobre él, una mujer gorda lloraba repitiendo sin parar un lastimoso "no" intercalado con varios "¿por qué?". En otros dos segundos pasé del aturdimiento a la conmoción. El famoso nudo ocupó todo el espacio de mi garganta mientras que su presión amenazaba con salir por mis ojos en forma de agua. Antes de que el Cheneque lo notara, con el pulgar borré toda muestra de debilidad que mi pandilla de amigos no permitía tener, al menos no en público.
Cerca de las mesas donde minutos antes comía pescado y mariscos, la gente que llenaba la enramada sin nombre comenzó a formar un respetuoso y silente semicírculo tratando de regalar un último espacio de intimidad al difunto. Entonces, de la boca al oído empezaron a transitar las hipótesis. La primera afirmaba que se había enrollado los pies en el manglar. Otra, que se golpeó la cabeza con un piedra; la tercera decía que sufrió una congestión por no respetar las sabias dos horas de reposo a la comida antes de volver a zambullirse. Lo que me parecía lejos de comprender era que se hubiera muerto a medio metro de la orilla, donde a mi el agua apenas me alcanzaba a cubrir la cabeza.
Parado, allí, me di cuenta de la indefensión de los muertos. De lo desamparados que están frente a los vivos. Y allí estaba él, inerte, con la mirada fija en la nada, con las bermudas a medio subir dejando ver unos calzones "Chavita" blancos horribles. Con la camisa a medio desabrochar, completamente arrugada y escurriendo. Los muertos no pueden limpiarse la sangre, acomodarse el cuello, cerrarse la bragueta, sujetarse el cinturón en el agujero adecuado, amarrarse los cordones de los zapatos, peinarse o dejar una sonrisa en el rostro. Injusto pues, para ser el protagonista de un último acto público.
Casi veinte años transcurrieron para que volviera a colocarme frente a la muerte. Horas después de que la tierra temblara, me vi tomando notas y fotos a una hilera de ocho cadáveres que sucumbieron en el desplome de un hotel de ocho pisos. Estaban colocados boca arriba, en un jardín muy cuidado de una hermosa casa de playa propiedad de gringos. Tres de ellos estaban semidesnudos, con el torso al aire. Dos, descalzos, con los dedos sangrantes. El resto tenía la ropa rasgada. Pero todos, todos tenían una mueca de dolor y asombro, signo inequívoco de que inesperadamente cruzaron el breve instante que separa la luz de la oscuridad. No atiné a adivinar la causa exacta del fallecimiento. Estaban completos, con heridas pequeñas que nunca podrían haber acabado con su vida. En ese momento, entre ellos y yo hubo una especie de comunicación: mientras personal de rescate civil empezó a taparlos enteros con sábanas blancas, me empezaron a transmitir una sensación de asfixia horrible. "Así no podrán respirar nunca más", pensé. No comprendo en nada a quien para dormir se tapa hasta la cabeza y al amanecer está vivo. No lo soporto y estoy seguro que no es claustrofobia. Para mi, existe una cierta similitud a cuando te revuelca una ola: un inexorable ahogamiento mientras la fuerza del agua te arrastra hacía abajo, y luego, cuando la misma presión te avienta hacia arriba, desesperadamente eres de nuevo succionado para finalmente, por las extrañas leyes de la física, alcanzas la superficie interminables segundos después. Sólo los muertos, con su indiferencia hacia el mundo de los vivos, con su ensimismamiento, con su irremediable introspección pueden aguantar estar completamente tapados.
El comienzo y final de la vida de un humano es muy movido. Ninguno de los dos puede contarnos el trance. El muerto como el recién nacido están a merced del resto. Necesitan ayuda para moverse; para ser trasladados a una cuna o una plancha forense; para vestirlos o ser bañados. Esas horas, las primeras y las últimas, están llenas de ajetreos que acaban cuando el bebé succiona el pecho de su madre o cuando la tierra comienza a cubrir un ataúd. Y con tantos inconvenientes, todos hemos pasado por ellas y estamos destinados a ser sus protagonistas. Por eso, cuando vea a un fallecido o a un nene acabado de llegar, procure no incomodarlo.
45º

Somos tres paradójicos. Tres desde hace seis y meses. Tres en una ciudad ajena pero ya nuestra. La uni fue el pretexto para mirarnos a los ojos y desde entonces decidimos sumarnos. Lógico, juntos nos llenamos de decepciones, música, alegrías, textos, llantos, pelis, risas, borracheras, libros (nueve, múltiplo de tres!) Ahora lo queremos compartir todo y nada. Prometemos esconder mucho y enseñar poco. Lo sentimos, así somos de contradictorios. Nuestro nombre, por supuesto, también se compone por una tríada: Ma-Lu-Pe. ¡Ah! les juramos que estamos mejor que la imagen...
90º dijo
Sin embargo, en vida, nos complace decir que estamos muertos. Muertos de hambre, de sed, de cansancio o aburrimiento. Muertos de risa, de asco...tanto que le huimos a la muerte y nos encanta!!! muy bien 45º
20 Enero 2006 | 10:23 AM