Palabras
El aleteo de la incertidumbre retumbó en su interior hasta llegar a ser ensordecedor. Sus ojos rasgados comenzaron a abrirse con una desesperada lentitud. No reconocía esa habitación invadida por una mediana oscuridad apenas partida por los pequeños halos de luz que lograban colarse desde los ángulos más sorprendentes formando imposibles y caprichosas figuras geométricas.
Fijo su mirada en las manecillas del pequeño y viejo reloj de cuerda comprado en una tienda antigua de Segovia. Se sorprendió a si misma de que esos cansados brazos en forma de manillas volvían a coincidir en la misma posición de cuando perdió su mirada suplicando que una mano divina le tocara para hacerle perder la conciencia, un sano ejercicio para olvidar. Habían pasado 24 horas.
Una risa insostenida pero constante -una vez bajaba o subía sin esfuerzo aparente- llenaba la habitación azul. Para poder identificarla tuvo que cruzar un pasillo amarillo con piso de madera que crujía al paso. "No había razón alguna para colocar ese tramo", pensó. En el fondo, la vieja imitación del Jardín de las Delicias permanecía manca sin los trazos que El Bosco dio al Infierno. "Eso es pura precaución", escuchó como excusa de La Tía, la dueña del inconcluso cuadro...
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Paula teclea y teclea sin parar. Ideas confusas, sin estructura o razón de ser tratan de recorrer el largo camino que existe entre una oración y un párrafo compuesto correctamente y con sentido. Artículo más sustantivo para formar el sujeto; verbo más complemento para el predicado. Utilizando los índices sin torpeza aparente, consume comas, puntos, acentos. Desde siempre se declaró una enamorada de las palabras. La cadencia y el ritmo de un buen verso le atrapan. Le emociona la ligereza que con la vista se puede recorrer una prosa bien escrita. Gracias a ellas disfruta de los avatares de la Maga, la expiración de los amorosos o la mística de Páramo. Esas son sus lecturas favoritas.
Bajo llave, en el cuarto cajón de su buró, esconde un pequeño cuaderno adornado por una carcomida pasta gris. Allí oculta su tesoro: su lista secreta de palabras. Desde hace años se ha dedicado a recopilar todas aquellas que le gustan o rechaza. Por supuesto incluye nombres de lugares o personas. De unas cien páginas, la libreta está divida en dos. La primera sección, con bastante espacio aún, se abre con acróstico (composición poética en la que las letras iniciales, intermedias o finales forman una palabra o frase leída verticalmente). Incluye, entre otras, calamita (caimán), hidalguía (caballerosidad) Antofagasta (Chile), fandango (baile), aquelarre (reunión de brujas), Barquisimeto (Venezuela), perorar (hablar), y torrontero (montón de tierra que dejan las avenidas impetuosas de las aguas).
Apenas divida por un doblez, en la segunda sección permanecen confinadas todas aquellas –menos de veinte– que al evocarlas provocan en Paula sensaciones negativas. La primera es responso (funeral). La recuerda desde los ocho años durante el funeral de sus padres que fallecieron en un trágico accidente. Su total significado no lo conoció hasta los diez años cuando pudo leer sin pausas la nota de prensa que informaba sobre las exequias. Nunca más la pronunciaría, se prometió.
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La Tía conocía los entresijos de la novela de Paula. Sabía el final porque ella lo vivió hace horas. Ahora era su turno de cambiar el colofón. Resuelta, se dedicó a cambiar sustantivos por artículos, sinónimos por adjetivos, verbos por pronombres. ¡Su objetivo era el caos! Impedir a cualquier precio que el lector, ese gran personaje que todo texto aspira tener, comprendiera su dolor.
Párrafos atrás, en el comienzo de su peregrinaje encontró la lucidez suficiente para reconocer a su autora, la siempre estrella fugaz de sus escritos. La imaginaba menuda, insignificante, con el cabello corto, negro y alborotado, apenas rematado por una mal colocada diadema. Le parecía ridículo que a su edad, esa nariz estuviera rematada por un arete de plata a juego con los pendientes que colgaban de sus grandes orejas. Los pómulos prominentes le recordaban los grabados sobre mongoles que habían caído en sus manos tras enterarse de que Ulam-Bator permanece atrapada en el olvido de los atlas. Esa ciudad le despertaba desde siempre su curiosidad. "¿Qué habrá allí?", inquiría.
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Paula intuía el desenlace del texto de La Tía. Desde la primera línea supo que la haría sufrir y pagar por culpas ajenas, por pecados lejanos en el tiempo. En contra de su voluntad, en el capítulo cuarto, párrafo sexto, décima oración la hizo utilizar y pronunciar constantemente la palabra sexta de su lista secreta. Inerme ante su dolor, lo que en realidad le atormentaba era si el "gran personaje" comprendería que ella no quería hacerle daño, que el destino de La Tía era un producto de sus propios actos. No había posibilidad de arrepentirse porque ya la había condenado.
En medio de su desconcierto comprendió que necesitaba un epílogo concreto, el termino justo para encerrar a su enemiga literaria en el limbo de los libros inconclusos. Su imaginación era su gran aliada y de ella echó mano. Durante seis días con sus noches estuvo diseñando vueltas a su plan.
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El golpe fue certero. En sus manos, el pesado cuadro se convirtió en arma homicida con la que alcanzó a su rival por la parte de atrás. Sin prisas, segura de que nadie había reparado en el crimen, se apresuró a tapar el cuerpo inmóvil con una sabana negra. Con todas sus fuerzas le arrastró por el pasillo amarillo mientras escuchaba el uniforme crujir de la vieja madera. Cinco horas después, volvía frente a las teclas. En cuatro líneas acabó con ella: "...seca, murió sin más apremio que saberse olvidada en el tiempo. Sus textos quedarán en el cajón". Lentamente fijó su mirada en la bolsa de basura colocada en el rincón de la habitación. En uno de sus lados, sobresalían los trazos de El Bosco...
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Sin esperanza, el escritor arremanga su camisa beige llena de manchas de días. Sabe que no hay suficiente tinta en la impresora al igual que ideas en su cabeza. Aún así aprieta el "on" de su vejo ordenador. Durante las próximas horas mantendrá su vista fija en la pantalla y acelerará el ritmo de sus índices. Se declara "médico literario" para poder revivir con urgencia a las dos. Le urge que Paula y La Tía se mimeticen para ser los próximos personajes de otro de sus relatos, los mismos que desde hace años guarda bajo llave en el cuarto cajón de su buró.
45º

Somos tres paradójicos. Tres desde hace seis y meses. Tres en una ciudad ajena pero ya nuestra. La uni fue el pretexto para mirarnos a los ojos y desde entonces decidimos sumarnos. Lógico, juntos nos llenamos de decepciones, música, alegrías, textos, llantos, pelis, risas, borracheras, libros (nueve, múltiplo de tres!) Ahora lo queremos compartir todo y nada. Prometemos esconder mucho y enseñar poco. Lo sentimos, así somos de contradictorios. Nuestro nombre, por supuesto, también se compone por una tríada: Ma-Lu-Pe. ¡Ah! les juramos que estamos mejor que la imagen...
Mr Flipping dijo
Bravo chavales, esto que haceis mola mucho, está lleno de ilusión y de referencias. Esta lleno. Enhorabuena. Os sigo de cerca.
5 Enero 2006 | 03:19 PM