Vuelve la pluma a mis dedos y la tinta negra corre como sangre en mis venas para derramarse en forma de palabras.

Vuelve el revoloteo a mi mente y te recuerdo, hace años. Éramos nosotros, muy nosotros. Con caras un poco de niños y un pie en el tren con destino París.

Me habías dado mi mochila nueva, que no me gustaba, pero no te lo dije. Estábamos tan cerca de Atocha y de la libertad, que nos dio miedo.

Justo en ese momento, la realidad se partió en dos, y nuestra historia paralela se hizo independiente. El lado de la moneda se tiró a la fuente con un deseo colgado, y dos chicos llegaron a la estación. Treparon al vagón a última hora, con sus mochilas cargadas de ilusión.
Nuestra cobardía se quedó en la otra cara de la moneda, la que vuelve al bolsillo seguro y caliente.

En París hacía frío sólo por fuera. Ellos hervían en su aventura. Buscaban la belleza y la encontraron en las calles, en los portales antiguos y en un hostal barato, como Horacio y la Maga.

Siguieron escribiendo. Él como los dioses, ella a duras penas.

Siguieron viajando y se toparon con una panadería de una estrecha calle londinenese. Mucha cerveza. Mucha comida casera. Un perro, quizás. Bailes, idiomas. Saltos de agua eternos y arrecifes.

Cuentan que viven en una casa, pequeña, de madera. Hamacas y el mar de frente. Hay jarrones de barro con flores. Y cuencos con frutas de verdad. Un niño o dos corriendo desnudos.

Ella, ese día, camino a la estación, le dijo que no le gustaba la mochila, y se echaron a reir antes de partir...

90º