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Terra
La Coctelera

PARTE DEL AIRE (*)

“Dame un respiro” dijiste…y saliste a tomar el aire.

Yo suspiré, y pensé. Quería darte jadeos, o talvez respiración boca a boca. Nada, una triste exhalación. Una corriente en la cara, hija de tu portazo.

No inhalo más tu aliento de café recién colado, ni me ahogo con tus bocanadas de humo. No más silbidos al llegar ni aire contenido de sólo verte.

No puedo ni respirar. Intento hinchar mis pulmones. Responden con un vulgar resoplido.

Aspiro. Toso. Busco oxígeno, vapores o aromas. Una ráfaga de viento se cuela dentro. No hay brisas ligeras, ni frescor.

Descubro gases, polución, huracán de partida ¿Inspiro más? ¿Aspiro más?

Me desinflo.

90º

(*) Es también el título de una canción de Fito Páez

El Comegente

Yo les voy a relatar
una historia espeluznante
el la historia'el comegente
que se llamaba Dorangel

Un día un par de muchachitos
se encontraron unos pies
las manos y una cabeza
a las orillas del Torbes

Llamaron a un policía
que hizo la investigación
pero el sargento se fue
sin ninguna explicación

De quién serán esas manos
de quién serán esos pies
de quién será esa cabeza
dónde están las otras piezas??
y el Sargento Gumersindo dio comienzo a la investigación...

Y dieron con un mendigo
que vivía en una loma
solitario sin amigos
solo en una vieja choza

El sargento lo agarró
lo llevó a la policía
le hizo un interrogatorio
y Dorangel contestó:

yo si que me los comía
lo hice por necesidad
no me gustaban los pies
me daban indigestión...

la panza si me gustaba
y el sargento se asustó,
escondió bien su barriga
para evitar confusión

De quien serán esas manos,
de quién serán esos pies
de quién será esa cabeza
dónde están las otras piezas??
y el Sargento Gumersindo dio comienzo a la invetigación...

Se llevaron a Dorangel
a la cárcel de Santa Ana
y los presos asustados....
hicieron huelga de hambre

BACALAO MEN
(Gracias por socorrernos ante la falta de inspiración) 90º

ÚLTIMA VERSIÓN DE MÍ

Decepcionar a mi padre. Eso fue lo primero que hice en este mundo, un miércoles de 1974, a principios de octubre. Antes sólo se podía saber el sexo de los bebés al nacer, por eso mi papá decidió que su primogénito debía ser varón. No contaba con que su prole heredaría su mismo espíritu rebelde, incluso para venir al mundo. Me iba a llamar Víctor como él, pero ahora lo obligaba a buscar un nombre de niña.

Tampoco contaba con que mis rizos negros y mi diminuto tamaño le derretirían el corazón. Ni que una de mis primeras frases fuera “papi lindo”, lo que yo creía que estaba escrito en todos los carteles de la ciudad. Hace treinta años que me pide perdón por no alegrarse tanto de mi nacimiento. Y hace también treinta años que llena mi vida de poesía, canciones, paisajes y sabiduría.

Mi madre era la casa. Más que la casa, el hogar de todos, mucho más fuerte que las paredes y el techo, mucho más segura que las puertas y ventanas. Mucho más acogedora que cualquier estancia. Si el amor tuviera alguna forma concreta, sin duda sería la de su nariz larga y afilada y la de sus brazos a nuestro alrededor.

Mi mundo, un mundo perfecto, eran mis hermanos, que tenían un idioma propio y me daba rabia no entenderlos. Mis primos, todos unos enanos a los que yo quería cuidar como muñecos. Mis tíos, que eran mis segundos y terceros padres. Los viajes a Barquisimeto cada quince días sólo significaban una cosa: diversión y chorros de cariño.

Me tocó nacer en la ciudad más caliente de la bolita del mundo, donde todos tienen dos nombres y cualquier cosa puede ocurrir. Una llama peruana caminando por la calle a 40 grados de temperatura, o unas máquinas recogenieve en el techo de un hospital. Historias de piratas y caminos subterráneos que atraviesan la ciudad. Un relámpago que destella iluminando el lago todas las noches del año. Música desbordando cualquier espacio. Palmeras y petróleo. Humor a más no poder. Antes de conocer a García Márquez, ya yo tenía la huella de Macondo bien grabada en el alma y en la piel.

Siglos después, en estas calles estrechas de la vieja Europa, me pregunto quién soy. Y no lo sé. A veces pienso que soy como un camaleón, adaptándome siempre al entorno para pasar desapercibida. Sólo que, en ocasiones, mis camuflajes son tan torpes que, lejos de pasar, soy apuntada por la más fuerte de las spotlights y las miradas se dirigen hacia mí, nunca por mucho tiempo.

Me pasé la infancia subiendo a las matas de uva playera, inventándome casos para investigar, porque cuando fuera grande sería detective. Sol eterno, brisa, madrugadas, guarapo de papelón con limón e ínfulas de súper héroe llenaban mis horas. Hoy mis días se pasan entre el trabajo, los amigos, algunos libros, películas e internet y largas caminatas por esta ciudad que ahora me ama y me odia.

Me odia tanto como me odio yo misma, por débil, por cobarde. Eso sí lo sé. Lo que a veces soy o no soy, y lo que me hace seguir trepada al mundo.

Soy apasionada e impaciente. Creo en las energías de la gente más que en sus títulos universitarios. Me gusta lo ácido más que lo dulce. Detesto madrugar y hay días en los que no me baño por pereza. La mayoría de las veces, soy absolutamente incapaz de tomar una decisión y lloro cuando veo las series de televisión, pero no cuando algo verdaderamente me entristece.

Antes me angustiaba, en la época en que supe que Dios existía. Que estaba en todas partes con su infinito amor incondicional, que sólo te pedía a cambio estudiar mucho, no decir mentiras ni groserías, ser limpia y ordenada, comerte toda la comida, recoger dinero para los niños pobres del mundo, ir a misa todos los domingos, rezarle todas las noches, ser buena con tus padres, con tus hermanos menores, con los viejitos y con los animales, y que si te daban un cachetazo en una mejilla, pues nada, había que poner la otra, para emparejar.

Cuando rondaba los diez años viví una verdadera pesadilla gracias a la Virgen María. Las monjas decían que Dios la había elegido para ser la madre de su hijo Jesús porque era buena. El Padre Todopoderoso tuvo el detalle de enviarle un ángel para ponerla sobre aviso, y luego le puso al bebé en la barriga sin más. Yo era una buena niña, la mejor estudiante de mi clase y mis padres no tenían queja de mí ¿qué pasaba si el Señor se daba cuenta y decidía usarme de mensajera para mandar otro hijo al mundo? ¿Quién me iba a creer lo del ángel y mucho menos lo de virgen? Fueron años de pesadilla. Años que dieron paso a incontables fantasías que se iban tornando más agradables.

Hoy creo que la luna y las estrellas que están ahí inventadas por y para mí. Las mismas que alumbran las noches de mis dos emes, Madrid y Maracaibo. Y, aunque me cuesta decidir, un día decidí que la noche era un manto que cubría la tierra, y detrás de ese manto todo era luz. También decidí que había pequeños ángeles jugando tras el manto celestial con sus arcos y flechas. Las estrellas son la prueba de sus travesuras, son agujeros por donde se cuela la luz.

Me gusta la poesía que me llega al estómago y me lo mueve. La letra clara e intensa. Los olores que me traen recuerdos. La música. El mundo me hace pensar que no existe el amor, pero Pru y el siete de Horacio y la Maga me hacen creer de nuevo. Siempre busco algo por lo que merezca la pena arriesgarse, aunque al final le tenga pánico al riesgo.

Una vez un brujo me dijo que yo era como un barco, que no podía estar demasiado tiempo anclada en un lugar. Tenía razón, viajar es lo que más me gusta, porque en la vida te lo pueden quitar todo, pero ¿quién te quita lo bailao? Mis experiencias y los paisajes que se me quedaron dentro de los ojos nadie me los puede arrancar.

De pequeña, en ese mundo a medias entre playa y ciudad, soñaba con muchas cosas. Ninguna de ellas ha ocurrido. No puedo volar ni hacerme invisible. No soy detective ni actriz de teatro, ni cantante. Tampoco soy escritora ni intérprete. No he hecho nada a favor de la humanidad. Pero ahora me da igual. Tengo días por estrenar, una cámara fotográfica y los pies más bonitos que pisan el planeta tierra. Y, hoy, no sé muy bien por qué, mi padre está orgulloso de mí.

90º

¡Ay Julián, Julián!

Julián no sabía para nada lo que hacía ahí. En realidad sí lo sabía pero prefería no recordarlo. Todo eso le hacía daño. Pero estaba ahí, como siempre. Le disgustaba casi todo, desde el nombre –chichódromo, le decían todos– pasando por la gente que le rodeaba, los gritos ofreciendo anticuchos o triples –infestados de tifoidea probablemente– los tombos uniformados que se acercaban a rebuscar bolsillos y sacar su sencillo para la gaseosa o el cigarrito suelto, y sobre todo la música.

Julián intentaba bloquear sus oídos. No aguantaba lo que oía. Los altavoces escupían lamentos: "Mi dolor se hace mas grande, cuando te veo, no te puedo hablar, mi soledad se ensaña con mi dolor, y me atormento más, cuando pienso en ti". Julián sentía mucho asco porque cada palabra lo abofeteaba. Estar ahí para él era un tormento. Un tal Chacalón, un tipo gordo, feo, grasoso, lleno de cadenas de algún metal amarillo y probablemente borracho, intentaba cantar mientras un puñado de chicas, feas también, casi le pedían un hijo.

Julián tampoco aguantaba el olor. El local, felizmente desprovisto de techo, sólo recibía a gente los fines de semana. En horario de oficina, o al menos eso le había comentado, se dedicaba a estacionar autos –coches le dirían en la madrastra patria. El monóxido olería mejor, pensaba Julián. La mezcla de sudor, alcohol, cigarrillo y hasta de vómitos sólo le provocaba arcadas. Pese a eso, sabía que lo mejor para pasar desapercibido –o "pasar piola"– era comprar una Cuzqueña y fumarse un Popular, no vaya a ser que alguien se diera cuenta de que no estaba ahí para bailar. Lo único que quería él era encontrarla.

Del "no tengo padre ni madre, ni perro que a mi me ladre, sólo tengo la esperanza de progresar" de Chacalón, Julián tuvo que soportar el "hoy te dejo libre mi amor, y ojalá algún día, algún día te pueda olvidar" de Agua Bella. "Al menos las chibolas están buenas y seguro que no apestan", se dijo Julián. Hasta pensó pedirles un hijo como hicieron las enloquecidas seguidoras del gordo feo que cantó antes. Intentó centrarse otra vez y siguió su particular búsqueda pero sin apenas moverse de la esquina en la que había preferido refugiarse. Le ofrecieron pasta, coca, puchos, y hasta cree que ayahuasca, pero eso no lo podría asegurar. Alguna puta le propuso una mamada y algunas chicas se le acercaron, coquetonas ellas, mostrando sus pechugas a la vista de todos. Eso a Julián le gustaba y hasta le excitaba. Pero estaba ahí por algo. Ella no estaba por ningún lugar.

La plata comenzaba a acabarse y Julián pensaba que lo más seguro era siempre tener su botella en mano y el cigarrillo en la comisura de sus labios. "Así me dejarán en paz". Pero la llegada de la noche comenzaba a alterar los ánimos de la gente. "Concha' tu madre" oyó por ahí. Miró a su alrededor. Con él no era la cosa aunque en un momento lo pensó porque un par de veces tuvo que chotear a un par de borrachos pastrulos. Entró al baño. El piso de tierra estaba mojado, "que mierda será". Olía a meado, a mierda, a vómito otra vez. Abrió una de las puertas y se encontró a una pareja semidesnuda mientras oía cómo un chico aspiraba coca. "Mejor me aguanto". Julián quería irse y así lo decidió. Las cervezas ya estaban haciendo mella en su estado. "No sé porqué mierda vengo aquí" se dijo antes de dejar su botella en la barra. Pero en realidad sí lo sabía, la buscaba a ella, y estaba seguro que durante la semana esperaría con ansias tomar la 10 –el moradito le decía él– bajarse en Lampa y caminar hasta este antro para intentar, por fin, encontrarla y robarle otro beso como aquella vez.

180º

Viceversa

La señorita de la calle Glouster se arregla el pelo rubio, lacio. Está lista para salir. El señor de la calle Talbot se anuda la corbata negra, nueva. Las llaves de su viejo Rover saltan entre sus manos. Está listo para entrar.

La señorita de la calle Glouster ve su reloj: cinco de la tarde, hora del té, hora de trabajar. Al señor de la calle Talbot le salta el picaporte del bar. Necesita su infusión de frutos del bosque. En el espejo del baño, la señorita de la calle Glouster mira resignada su impoluto uniforme. Debe apurar.

Sonríe. "Hola, sígame a su mesa". Da la carta. Espera. Sonríe. Espera. "¿Muy caliente?". Apunta. Rápido, camina. Entrega nota. Espera. Vuelve. Quita el sombrero. Espera. "Su té". Movimientos rápidos. "De nada". Sonríe. Otro cliente. Demasiadas horas. Frustrante inicio de semana, de mes, de año...

El señor de la calle Talbot disfruta su infusión. No reparó en la bella camarera hasta que tuvo que retirar su sombrero. "Impecable", pensó. Su triste mirada se perdió en el reflejo que de si le regalaba el espejo estratégicamente colocado sobre la blanca barra de mármol.

Desde siempre, ella quiso que cuando la gente se refiriera a su persona le dijeran "señor". Él siempre quiso firmar como "señora". Ahora, cuando en este mundo (casi) se puede hacer de todo, los dos admitieron que desde hace muchos años querían cambiar. El largo camino de la decisión final estuvo lleno de temores, desconciertos y aspiraciones. El señor de la calle Talbot asumió su escondida identidad en una tarde lluviosa, típica, mientras se sumergía en su bañera salpicada de sales. La señorita de la calle Glouster hizo lo propio cuando advirtió que su vida se encontraba en peligro de permanecer recluida entre los barrotes de la depresión. Él sería ella y ella sería él. Consiguieron lo que tanto anhelaban. Claro, en los primeros momentos tuvieron que adecuarse a realizar actos propios de él (ella) o de ella (él). Su instinto, todo aquello que mantuvieron oculto durante tanto tiempo, escondido de las miradas de conocidos o desconocidos, les ayudó a solventar cualquier reto. La costumbre se instaló en sus cuerpos.

Años después, en una de esas tardes típicas de Keinsgtour Street, el ahora señor de la calle Talbot (antes ella) y la señorita de la calle Glouster (antes él), entraron con minutos de diferencia al viejo bar de la Blouck Corner. El estratégico espejo colocado encima de la barra blanca de mármol les ayudó a jugar con sus miradas al compás de un viejo blues. Media hora más tarde buscaron la intimidad de la mesita de la esquina, junto al gran ventanal que permitía escudriñar a los peatones de la Auburn Street. Algunos curiosos repararon en las carcajadas. Unos dicen que primero hubo un beso chiquito, de "piquito", de no más de dos segundos, seguido de más risas. Otros afirman que fue largo, apasionado, con roce de lengua. Los aventurados no dudaron en calificarlo de "extremadamente cachondo", con saliva. Lo cierto es que a partir de ese momento, ambos se descubrieron y desde entonces permanecen juntos, soñando despiertos.

45º

Del comienzo al final

Era la primera vez que veía un muerto. Todos los anteriores fueron de mentiras gracias al cine y la televisión. Mi segunda reacción fue tocarlo porque la primera, lógica, fue de asombro. Apuesto todas mis canicas a que el Cheneque abrió los ojos del tamaño de los ostiones, igualito que yo. El "muertito", como inmediatamente le bautizó la gente que se arremolinaba a su alrededor, estaba tendido sobre el piso de barro sólido, junto al estero. En tres segundos lo vi de pies a cabeza: era un hombre joven, moreno intenso, con el pelo güero quemado por el sol. "De seguro es pescador", acerté. Sobre él, una mujer gorda lloraba repitiendo sin parar un lastimoso "no" intercalado con varios "¿por qué?". En otros dos segundos pasé del aturdimiento a la conmoción. El famoso nudo ocupó todo el espacio de mi garganta mientras que su presión amenazaba con salir por mis ojos en forma de agua. Antes de que el Cheneque lo notara, con el pulgar borré toda muestra de debilidad que mi pandilla de amigos no permitía tener, al menos no en público.

Cerca de las mesas donde minutos antes comía pescado y mariscos, la gente que llenaba la enramada sin nombre comenzó a formar un respetuoso y silente semicírculo tratando de regalar un último espacio de intimidad al difunto. Entonces, de la boca al oído empezaron a transitar las hipótesis. La primera afirmaba que se había enrollado los pies en el manglar. Otra, que se golpeó la cabeza con un piedra; la tercera decía que sufrió una congestión por no respetar las sabias dos horas de reposo a la comida antes de volver a zambullirse. Lo que me parecía lejos de comprender era que se hubiera muerto a medio metro de la orilla, donde a mi el agua apenas me alcanzaba a cubrir la cabeza.

Parado, allí, me di cuenta de la indefensión de los muertos. De lo desamparados que están frente a los vivos. Y allí estaba él, inerte, con la mirada fija en la nada, con las bermudas a medio subir dejando ver unos calzones "Chavita" blancos horribles. Con la camisa a medio desabrochar, completamente arrugada y escurriendo. Los muertos no pueden limpiarse la sangre, acomodarse el cuello, cerrarse la bragueta, sujetarse el cinturón en el agujero adecuado, amarrarse los cordones de los zapatos, peinarse o dejar una sonrisa en el rostro. Injusto pues, para ser el protagonista de un último acto público.

Casi veinte años transcurrieron para que volviera a colocarme frente a la muerte. Horas después de que la tierra temblara, me vi tomando notas y fotos a una hilera de ocho cadáveres que sucumbieron en el desplome de un hotel de ocho pisos. Estaban colocados boca arriba, en un jardín muy cuidado de una hermosa casa de playa propiedad de gringos. Tres de ellos estaban semidesnudos, con el torso al aire. Dos, descalzos, con los dedos sangrantes. El resto tenía la ropa rasgada. Pero todos, todos tenían una mueca de dolor y asombro, signo inequívoco de que inesperadamente cruzaron el breve instante que separa la luz de la oscuridad. No atiné a adivinar la causa exacta del fallecimiento. Estaban completos, con heridas pequeñas que nunca podrían haber acabado con su vida. En ese momento, entre ellos y yo hubo una especie de comunicación: mientras personal de rescate civil empezó a taparlos enteros con sábanas blancas, me empezaron a transmitir una sensación de asfixia horrible. "Así no podrán respirar nunca más", pensé. No comprendo en nada a quien para dormir se tapa hasta la cabeza y al amanecer está vivo. No lo soporto y estoy seguro que no es claustrofobia. Para mi, existe una cierta similitud a cuando te revuelca una ola: un inexorable ahogamiento mientras la fuerza del agua te arrastra hacía abajo, y luego, cuando la misma presión te avienta hacia arriba, desesperadamente eres de nuevo succionado para finalmente, por las extrañas leyes de la física, alcanzas la superficie interminables segundos después. Sólo los muertos, con su indiferencia hacia el mundo de los vivos, con su ensimismamiento, con su irremediable introspección pueden aguantar estar completamente tapados.

El comienzo y final de la vida de un humano es muy movido. Ninguno de los dos puede contarnos el trance. El muerto como el recién nacido están a merced del resto. Necesitan ayuda para moverse; para ser trasladados a una cuna o una plancha forense; para vestirlos o ser bañados. Esas horas, las primeras y las últimas, están llenas de ajetreos que acaban cuando el bebé succiona el pecho de su madre o cuando la tierra comienza a cubrir un ataúd. Y con tantos inconvenientes, todos hemos pasado por ellas y estamos destinados a ser sus protagonistas. Por eso, cuando vea a un fallecido o a un nene acabado de llegar, procure no incomodarlo.

45º

UNO GRANDE

Hoy agradezco tener el corazón hecho pedazos, pues así puedo repartirlos entre ustedes, los que llegan. A ti, Joaquín, te entrego uno grande, abajo y a la izquierda.

90º

Palabras

El aleteo de la incertidumbre retumbó en su interior hasta llegar a ser ensordecedor. Sus ojos rasgados comenzaron a abrirse con una desesperada lentitud. No reconocía esa habitación invadida por una mediana oscuridad apenas partida por los pequeños halos de luz que lograban colarse desde los ángulos más sorprendentes formando imposibles y caprichosas figuras geométricas.

Fijo su mirada en las manecillas del pequeño y viejo reloj de cuerda comprado en una tienda antigua de Segovia. Se sorprendió a si misma de que esos cansados brazos en forma de manillas volvían a coincidir en la misma posición de cuando perdió su mirada suplicando que una mano divina le tocara para hacerle perder la conciencia, un sano ejercicio para olvidar. Habían pasado 24 horas.

Una risa insostenida pero constante -una vez bajaba o subía sin esfuerzo aparente- llenaba la habitación azul. Para poder identificarla tuvo que cruzar un pasillo amarillo con piso de madera que crujía al paso. "No había razón alguna para colocar ese tramo", pensó. En el fondo, la vieja imitación del Jardín de las Delicias permanecía manca sin los trazos que El Bosco dio al Infierno. "Eso es pura precaución", escuchó como excusa de La Tía, la dueña del inconcluso cuadro...
...

Paula teclea y teclea sin parar. Ideas confusas, sin estructura o razón de ser tratan de recorrer el largo camino que existe entre una oración y un párrafo compuesto correctamente y con sentido. Artículo más sustantivo para formar el sujeto; verbo más complemento para el predicado. Utilizando los índices sin torpeza aparente, consume comas, puntos, acentos. Desde siempre se declaró una enamorada de las palabras. La cadencia y el ritmo de un buen verso le atrapan. Le emociona la ligereza que con la vista se puede recorrer una prosa bien escrita. Gracias a ellas disfruta de los avatares de la Maga, la expiración de los amorosos o la mística de Páramo. Esas son sus lecturas favoritas.

Bajo llave, en el cuarto cajón de su buró, esconde un pequeño cuaderno adornado por una carcomida pasta gris. Allí oculta su tesoro: su lista secreta de palabras. Desde hace años se ha dedicado a recopilar todas aquellas que le gustan o rechaza. Por supuesto incluye nombres de lugares o personas. De unas cien páginas, la libreta está divida en dos. La primera sección, con bastante espacio aún, se abre con acróstico (composición poética en la que las letras iniciales, intermedias o finales forman una palabra o frase leída verticalmente). Incluye, entre otras, calamita (caimán), hidalguía (caballerosidad) Antofagasta (Chile), fandango (baile), aquelarre (reunión de brujas), Barquisimeto (Venezuela), perorar (hablar), y torrontero (montón de tierra que dejan las avenidas impetuosas de las aguas).

Apenas divida por un doblez, en la segunda sección permanecen confinadas todas aquellas –menos de veinte– que al evocarlas provocan en Paula sensaciones negativas. La primera es responso (funeral). La recuerda desde los ocho años durante el funeral de sus padres que fallecieron en un trágico accidente. Su total significado no lo conoció hasta los diez años cuando pudo leer sin pausas la nota de prensa que informaba sobre las exequias. Nunca más la pronunciaría, se prometió.

...

La Tía conocía los entresijos de la novela de Paula. Sabía el final porque ella lo vivió hace horas. Ahora era su turno de cambiar el colofón. Resuelta, se dedicó a cambiar sustantivos por artículos, sinónimos por adjetivos, verbos por pronombres. ¡Su objetivo era el caos! Impedir a cualquier precio que el lector, ese gran personaje que todo texto aspira tener, comprendiera su dolor.

Párrafos atrás, en el comienzo de su peregrinaje encontró la lucidez suficiente para reconocer a su autora, la siempre estrella fugaz de sus escritos. La imaginaba menuda, insignificante, con el cabello corto, negro y alborotado, apenas rematado por una mal colocada diadema. Le parecía ridículo que a su edad, esa nariz estuviera rematada por un arete de plata a juego con los pendientes que colgaban de sus grandes orejas. Los pómulos prominentes le recordaban los grabados sobre mongoles que habían caído en sus manos tras enterarse de que Ulam-Bator permanece atrapada en el olvido de los atlas. Esa ciudad le despertaba desde siempre su curiosidad. "¿Qué habrá allí?", inquiría.

...

Paula intuía el desenlace del texto de La Tía. Desde la primera línea supo que la haría sufrir y pagar por culpas ajenas, por pecados lejanos en el tiempo. En contra de su voluntad, en el capítulo cuarto, párrafo sexto, décima oración la hizo utilizar y pronunciar constantemente la palabra sexta de su lista secreta. Inerme ante su dolor, lo que en realidad le atormentaba era si el "gran personaje" comprendería que ella no quería hacerle daño, que el destino de La Tía era un producto de sus propios actos. No había posibilidad de arrepentirse porque ya la había condenado.

En medio de su desconcierto comprendió que necesitaba un epílogo concreto, el termino justo para encerrar a su enemiga literaria en el limbo de los libros inconclusos. Su imaginación era su gran aliada y de ella echó mano. Durante seis días con sus noches estuvo diseñando vueltas a su plan.

...

El golpe fue certero. En sus manos, el pesado cuadro se convirtió en arma homicida con la que alcanzó a su rival por la parte de atrás. Sin prisas, segura de que nadie había reparado en el crimen, se apresuró a tapar el cuerpo inmóvil con una sabana negra. Con todas sus fuerzas le arrastró por el pasillo amarillo mientras escuchaba el uniforme crujir de la vieja madera. Cinco horas después, volvía frente a las teclas. En cuatro líneas acabó con ella: "...seca, murió sin más apremio que saberse olvidada en el tiempo. Sus textos quedarán en el cajón". Lentamente fijó su mirada en la bolsa de basura colocada en el rincón de la habitación. En uno de sus lados, sobresalían los trazos de El Bosco...

...

Sin esperanza, el escritor arremanga su camisa beige llena de manchas de días. Sabe que no hay suficiente tinta en la impresora al igual que ideas en su cabeza. Aún así aprieta el "on" de su vejo ordenador. Durante las próximas horas mantendrá su vista fija en la pantalla y acelerará el ritmo de sus índices. Se declara "médico literario" para poder revivir con urgencia a las dos. Le urge que Paula y La Tía se mimeticen para ser los próximos personajes de otro de sus relatos, los mismos que desde hace años guarda bajo llave en el cuarto cajón de su buró.

45º